info@veratya.com | +34 914 320 779
24
MAR
2020

“Confianza, comunicación y licencia social”

Reflexión crítica desde el ojo del huracán mediático y la desinformación.

Confianza.

Cuando hablamos de confianza, hemos de conocer y comprender su etimología porque en ella radica su verdadero valor, la intencionalidad con la que se construyó a partir de los conceptos que le dan sentido.

La palabra confianza se compone del prefijo “con” (todo, junto), la raíz “fi” del latín fidere (confiar) proveniente de fides (lealtad, fe y confianza). Todo ello conforma un sólido conglomerado conceptual y semántico que incide profundamente en las relaciones de toda índole.

La confianza está íntimamente ligada a la esperanza. Cuando una persona le otorga su confianza a otra, actúe esta independiente o colectivamente, es porque cree en ella. Traicionar conscientemente esa confianza defraudando las expectativas o promesas entregadas, es uno de los actos más graves que puede cometer una persona ante sí misma, frente a otra o hacia un colectivo.

El lenguaje, ese vehículo que usamos para trasladar nuestros mensajes verbales o gestuales a los demás, puede ser usado con prudencia o negligencia, con inteligencia o torpeza, con buena o con mala intención. El filósofo y matemático francés, Jean Le Rond d’Alembert, notable exponente de la Ilustración francesa, afirmaba que “El arte de la guerra es el arte de destruir a los hombres, de la misma manera que la política es el arte de engañarles.” Esta es, sin duda, una afirmación extrema y demasiado generalista que debemos enmarcar en el atribulado Paris del Siglo XVIII, denominado el “Siglo de las luces”, en el que los precursores de la Ilustración francesa arrojaban luz sobre las tinieblas de la ignorancia aportando conocimiento y potenciando la razón. No se refería d´Alembert con esa afirmación a quienes han sido calificados como los teóricos políticos más relevantes de aquel disruptivo movimiento (Montesquieu, Voltaire y Rousseau), sino a quienes teorizaban en contraposición de estos ensalzando la bondad de los derechos tradicionales de la burguesía, privilegiada por la monarquía absolutista destronada en la sangrienta revolución francesa. Pero ¿por qué es tan sencillo engañar al prójimo?

La necesidad de creer, inherente al ser humano, tiene mucho que ver con ello y merece la pena profundizar en esta realidad que determina nuestras vidas individual y colectivamente. Cuando creemos, estamos teniendo fe en una persona, en una ideología, en un sistema, en una metodología, etc. La fe (del latín fides) íntimamente relacionada con la confianza se vincula con las religiones, sin embargo, puede ser observada desde una perspectiva psicológica, filosófica y teológica de manera independiente o interconectada. Prueba de ello es que las personas con fe, desde el punto de vista religioso, son menos vulnerables a las enfermedades y cuando caen en ellas, se recuperan antes. Lo mismo les sucede ante las dificultades de tipo emocional. El científico estadounidense Edward Osborne de la Universidad de Harvard, defiende la teoría de que “la predisposición a tener creencias religiosas es la fuerza más poderosa y compleja de la mente y, con toda probabilidad, una parte inseparable de la naturaleza humana”. Osborne estudia la presencia de esa poderosa fuerza desde la Neuroteología, con la que pretende demostrar la influencia de la fe en el cerebro y su incidencia sobre la salud mental y física de las personas. Son dignos de resaltar en la trayectoria científica de este brillante científico y entomólogo, los tratados sobre la comunicación química en insectos sociales a través de las feromonas, tomando como campo de estudio la compleja sociedad de las hormigas.

Hay teólogos que defienden la idea de que la fe es un don de Dios, pero otros como la teóloga Wilcady Dumé afirman que “La fe no tiene poder en sí misma, ya que el poder es otorgado por el nivel de certeza que le ponga la persona que invoca y espera. La fe es válida dentro y fuera del ámbito religioso, afectando todas las áreas de nuestras vidas”.

Por su parte, el doctor en filosofía Leonardo Díaz nos dice que “Hay filosofías que sostienen que la fe es inherente al ser humano, es decir, que es una necesidad del hombre de creer en una realidad trascendente”. Esta teoría está ligada a la creencia vital de que todo sucede para bien, o por y para algo, dándole así sentido a la vida frente a sus adversidades. Es también el propio Dr. Díaz quien hace esta contundente afirmación: “Es absurdo decir que no existe la fe porque sería negar que hay personas que la tienen”.

Comunicación.

Confianza y comunicación, especialmente en el ámbito de la política, son indisolubles. Se trata de dos poderosas fuerzas que inciden sobre lo que yo denomino “física social”. En la forma y en el fondo, la manera como se comunica una idea, una noticia o un sentimiento, son determinantes para la generación de confianza o desconfianza. Desde un punto de vista de comunicación, en cualquiera de sus vertientes y especialidades, constatamos cómo la confianza y la desconfianza actúan como fuerzas que se aplican desde diversos enfoques estratégicos y tácticos, con la intención de generar movimiento o lo contrario, estaticidad, muy usada para bloquear situaciones con un objetivo concreto. En comunicación, como en la vida, debemos tener muy en cuenta a Sir Isaac Newton y su tercera ley o principio de acción y reacción: “Para cada acción hay una reacción igual y en sentido opuesto”. Todo ataque recibe su contrataque, como todo el mundo sabe, aunque no lo parezca. En derecho internacional, la expresión “casus belli” se entiende como la constatación de que hay causa o motivo para un acto bélico, y se enmarca en la doctrina del “ius in bello” o derecho de guerra. Que haya causa y derecho no quiere decir que se deba iniciar el acto bélico. Salvo en casos extremos, como la invasión o la transgresión flagrante de las leyes afectando a la integridad de un pais y sus ciudadanos, siempre existen opciones políticas o diplomáticas para el entendimiento, además de los instrumentos que la Ley pone a nuestro alcance.

Hay promesas cumplidas que generan confianza y promesas incumplidas que generan desconfianza. La forma de transmitir una promesa tiene mucho que ver con las expectativas generadas, satisfechas en unos casos y defraudadas en otros según la libre interpretación de cada uno, más allá de lo que se pueda reflejar en un contrato. Habitualmente, especialmente en política, se ofrece más de lo que se puede cumplir y no siempre con ánimo de engaño. El cortoplacismo, cáncer de nuestras democracias, la falta de información o, simplemente, la ignorancia e inexperiencia de algunos políticos, les hace prometer lo inalcanzable. La utopía sirve para caminar, como decía el escritor Eduardo Galeano, pero es necesario hacer ver la diferencia entre esta y la realidad total o parcial que se puede alcanzar; si no es así, se está engañando. Abonar el campo electoral con atractivas promesas que traspasan las fronteras de lo realizable, alimenta la confianza de los votantes aproximándoles a quien genera en ellos la esperanza de una vida mejor. Leonardo da Vinci, genio universal y gran conocedor del ser humano, se refería a la capacidad que tenemos las personas para ilusionarnos ante lo verosímil y ante lo inverosímil cuando decía que “Nada nos engaña tanto como nuestro propio juicio.” En ocasiones y debido a nuestra necesidad vital de creer, ni siquiera tienen que hacernos una promesa, basta con una velada intención de proporcionarnos aquello que más anhelamos para que depositemos nuestra confianza en una persona y en lo que esta representa. Generamos esperanzas porque no podemos vivir sin ellas. La R.A.E. define la esperanza como “el estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea.”

Es fácil comprobar en la cotidianeidad de la vida política cómo se activan fuerzas de confianza desde determinados ámbitos que son frenadas por los opositores. Se produce así una contraposición de fuerzas que, unas veces para bien y otras para mal, según el color del cristal con el que se mire, impide a los políticos avanzar hacia los objetivos prometidos, como si de una empresa con un consejo de administración mal avenido se tratara. En este antagonismo sistémico de la permanente discrepancia, más allá de la razón y de lo razonable, se usa la comunicación, más que como un instrumento para el entendimiento y el consenso, como un arma para abatir al enemigo, porque en esto se han convertido los representantes de los ciudadanos a través de los partidos políticos, en enemigos. Nada más lejos del espíritu que debería regir un estado democrático, donde la alternancia en el poder debería generar alianzas y enriquecimiento en favor de la ciudadanía y no guerras fratricidas movidas por intereses partidistas. La munición más utilizada para cargar el arma comunicacional es la mentira. Cuando la política se convierte en una guerra impera la estrategia y esta, en el ámbito bélico, se basa en el engaño (estratagema, del griego stratégema, derivado de stratós, ‘ejército’. Ardid de guerra, engaño hecho con astucia y destreza, para conseguir ventaja sobre el enemigo. Astucia, fingimiento y engaño artificioso (Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo Americana. Espasa-Calpe). Partiendo de este principio, entramos en el escabroso territorio gobernado por la verdad y la mentira, en el que merece la pena detenerse para reflexionar sobre ello.

Debemos comenzar por diferenciar entre verdad y veracidad. Una persona puede ser veraz por afirmar y defender aquello que considera verdad, aunque no lo sea. En este caso no se puede decir que esta persona mienta. Sin embargo, no es veraz y miente quien afirma que algo es verdad, sabiendo que no lo es.

Pero ¿Qué es la verdad?

A lo largo de la historia, pensadores y filósofos han teorizado y creado corrientes de pensamiento que ayudan a posicionarse actitudinal e ideológicamente en relación a la poliédrica y espinosa cuestión de lo verdadero y lo falso. Aunque no me extenderé en explicaciones, considero necesario nombrar las más destacadas por su importancia para ejercer la comunicación profesional con el suficiente criterio y de manera responsable:

Subjetivismo y Relativismo (Pitágoras de Regio S. V A.C.).

Dogmatismo (René Descartes S.XVII).

Criticismo (Immanuel Kant S. XVIII y Karl Popper S. XX).

Escepticismo (David Hume S. XVIII)

Pragmatismo (William James S. XIX – XX).

Perspectivismo (Ortega y Gasset S. XX).

Sin menospreciar el resto de corrientes de pensamiento, el Relativismo, según el cual no existen verdades absolutas al depender del contexto histórico, social y cultural en el que se circunscriben, ha de ser tenido en especial consideración a la hora de hacer una comunicación responsable, en cualquier ámbito, lo que incorpora el respeto al discrepante. En línea con el Relativismo e igualmente importante en comunicación es el Subjetivismo, en el que se afirma que saber si algo es verdadero o falso depende de cada persona, y de sus factores socioculturales e ideológicos. Cuántas veces escuchamos o decimos la expresión “es subjetivo” o “es relativo”, frente a quien hace una afirmación rotunda invocando una verdad absoluta sobre uno o varios hechos concretos.

Sirva como broche conceptual en relación a lo verdadero y lo falso, que la veracidad y la falsedad, la sinceridad o la ausencia de esta, dependen del conocimiento que se tenga sobre esa verdad y del momento y circunstancias en las que se hace una afirmación.

Y ya que hablamos del Relativismo, Pitágoras nos da un consejo aplicable a todos los órdenes de la vida: “Debes hacer grandes cosas, no prometer grandes cosas”, axioma que puede complementarse con una recomendación del dogmático Descartes: “Es prudente no fiarse por entero de quienes nos han engañado una vez.”

Licencia social.

Antes de comunicar con nuestros públicos, sean estos clientes de una marca o ciudadanos a los que se presenta el ideario de un partido político, es necesario conocer hasta qué punto nuestra propuesta contará con lo que se denomina “Licencia social”. Se trata de un término especialmente vinculado con proyectos que afectan a comunidades o grupos sociales. Siempre, sin excepción, han de ser tenidos en cuenta todos los grupos de interés o stakeholders que podemos clasificar de la siguiente manera:

Grupos de interés con mucho poder y alto interés Deben ser gestionados con sumo cuidado.

Grupos de interés con mucho poder y poco interés Deben ser mantenidos satisfechos.

Grupos de interés con poco poder y alto interés Deben ser mantenidos informados.

Grupos de interés con poco poder y poco interés solo deben ser supervisados.

Para conectar con los protagonistas de estos grupos de interés y poder prosperar en nuestras pretensiones es necesario empatizar con sus líderes, lo que implica conocerlos y comprenderlos para obtener ese complejo intangible, la “licencia social”. Hay que tener en cuenta las opiniones y percepciones de las personas con las que se quiere conectar, conociendo y respetando sus creencias y experiencias pasadas. Es imprescindible hacer un estudio de públicos que aporte conocimiento sobre sus experiencias y aspiraciones, sus miedos y la resistencia que estos opondrían, cómo, cuándo y dónde. Es fundamental conocer los motivos de las resistencias antes de que se accionen los mecanismos de defensa, porque después es muy difícil neutralizarlos y en caso de ser posible, el coste social y económico suele ser muy alto para ambas partes. Tenemos tendencia a imponer nuestros criterios por considerar que tenemos la mejor opción, pero esto no tiene porque ser así para los demás, por eso, es imprescindible socializar cualquier iniciativa que se quiera desarrollar.

Por otra parte, la licencia social no se compra, hay que ganarla. Se pueden comprar algunas voluntades, pero esto sirve de poco en el medio y largo plazo, además del coste ético y reputacional que conlleva. Transparencia y empatía marcan la ruta del éxito. Engaño y opacidad, son el camino hacia el fracaso, a lo que cabe añadir que no basta con ganarse la confianza de los interlocutores, hay que mantenerla y hacer que perdure en el tiempo para beneficio de las partes involucradas. Cuántos líderes políticos logran su propósito, pero pierden el apoyo popular en el camino hacia la siguiente legislatura. El poeta griego Sófocles expresaba en uno de sus escritos que “una mentira nunca vive hasta hacerse vieja” y es una realidad inexorable que siempre debe tenerse en cuenta. Lamentablemente, sucede a menudo aquello que afirmaba otro poeta, Horacio: “Somos engañados por la apariencia de la verdad.” Más próximo a nuestros tiempos, el Filósofo y moralista francés del S. XVII, François de La Rochefoucauld, se lamentaba de que “el mundo recompense antes las apariencias de mérito que al mérito mismo.”

Llegamos así al final de esta reflexión sobre la confianza, la comunicación y la licencia social, unidas por la necesidad de crear escenarios de confianza en los que poder desarrollar nuestras sociedades para convivir y prosperar como individuos en libertad, con el debido respeto a la diversidad y la menor manipulación posible, cuestión que ya abordé en el ensayo “Manipulación, comunicación política y pensamiento crítico”, cada día de mayor actualidad.

La manipulación, ejercida siempre desde la más aviesa intención de manejar con engaños a otros individuos para beneficio propio, es una de las mayores enfermedades que padecen hoy nuestras sociedades. No es un fenómeno nuevo pero se ha visto acrecentado por la capacidad que proporcionan a los manipuladores las redes de comunicación global, en concreto, las redes sociales, verdadero eje estratégico de la manipulación, y los llamados “diarios digitales” en los que la inmediatez informativa impide el contraste de la información. Así es como la opinión publicada influye sobre la opinión pública, generando confusión y distorsión en torno a la realidad, en muchas ocasiones, sin mala intención, pero sí con negligencia.

A través de complejas estrategias de comunicación sustentadas en conocimientos de psicología y sociología, se busca la manera de suprimir la capacidad crítica en las personas, hasta el punto de influir en sus decisiones y comportamientos con el manejo de sus emociones. Siendo esto así, fomentar el pensamiento crítico desde la infancia es indispensable para minimizar el riesgo de manipulación, ya que potencia en las personas su capacidad para analizar y evaluar la información al margen de cualquier sesgo ideológico. El novelista ruso León Tolstói decía que “Las dudas no destruyen la verdad; la fortalecen.” Dudar es sano y necesario, no por desconfiar, sino por el hecho de comprender.

Actualmente, una gran pandemia aqueja al mundo, además o en paralelo a las biológicas, se trata de la “desinformación”, tema complejo y candente sobre el que trataré en un próximo ensayo. De momento y para finalizar este, me parece oportuno citar el Artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en París, el 10 de diciembre de 1948:

“Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.”

Sin duda, es imprescindible darnos esta libertad para construir sociedades unidas, libres y solidarias. Lograrlo depende, en gran medida, de la formación y la potenciación de los mejores valores y principios humanistas en las familias y centros educativos. Herbert Spencer (1820 – 1903), filosofo, antropólogo y sociólogo inglés, expresó con estas magistrales e intemporales palabras la importancia de la educación: “El objeto de la educación es formar seres aptos para gobernarse a sí mismos, y no para ser gobernados por los demás.”

Como profesional de la comunicación y la estrategia, en mi observación diaria de los acontecimientos no puedo por menos que recordar algo que dijo el filósofo Epicteto de Frigia, que siempre me ha causado un gran impacto:

“Los cuervos arrancan los ojos a los muertos cuando ya no les hacen falta; pero los aduladores destruyen las almas de los vivos cegándoles los ojos.”

Cuidado con la adulación, en muchas ocasiones, antesala de la manipulación. No olvidemos que los aduladores suelen ser ególatras que proyectan en los demás lo que les gustaría recibir. Que alguien sea encantador, no significa que sea confiable. Encantador proviene del latín “incantator”, el que cautiva o hechiza, es decir, el que anula voluntades y transforma a sus victimas en lo que no han escogido ser.

Tomás González Caballero

Consultor en comunicación corporativa y branding.

Madrid, marzo de 2020

Copyright © 2020 Tomás González Caballero

Sobre el autor
Especialista en marketing estratégico, comunicación corporativa y branding. Con más de 30 años de experiencia. Conferenciante, ensayista y Profesor de Branding y Comunicación corporativa. CEO en Veratya Estrategias Corporativas. Amante de los entornos digitales, y adscrito al concepto "knowmad", aporta conocimiento, metodología y pasión en cada proyecto, con plena orientación a resultados.

Dejar un comentario

*

captcha *