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+34 914 320 779 Tras 49 años de procesos electorales en la España postfranquista, es descorazonador escuchar a los candidatos en pugna electoral repetir clichés de campaña, elaborados en función de la intención de voto. En ocasiones, se prometen soluciones de gestión pública al margen de su viabilidad, lo que genera incredulidad y desafección, hija de la decepción.
Madrid 7 de abril de 2026
Antes de adentrarnos en los modos y costumbres electorales a los que alude el título de este breve ensayo, conviene mencionar determinados hechos históricos.
Tras la celebrada “transición” y su posterior desarrollo social, económico y político de España, no parece haberse producido la esperada “madurez democrática”. Rebasado el primer cuarto del siglo XXI, observamos cómo más que políticas de estado se implementan políticas de partido. Es evidente que no hemos evolucionado hacia una sociedad más justa y fuerte, tampoco más libre, segura y cohesionada. Solo hay que fijarse en el enfrentamiento social entre españoles provocado por abyectos intereses partidistas.
“Rebasado el primer cuarto del siglo XXI, observamos cómo más que políticas de estado se implementan políticas de partido”.
En cuanto a la situación económica, baste comparar, por ejemplo, los datos relativos a la deuda pública española en las últimas 6 décadas. A finales de los años 70 representaba el 7´3% del PIB y en marzo de 2026 es del 100´8 % (1,7 billones de euros). Es evidente que el coste elefantiásico de la Administración General del Estado y sus múltiples ramificaciones territoriales, el clientelismo o la financiación del independentismo a través de los onerosos pactos de gobernabilidad, entre otras causas, llevan décadas empobreciendo a España.
Procesos como la desindustrialización generada a partir de la integración de España en la CEE (1986), precursora de la UE y la privatización de cerca de 80 empresas públicas de la mano de Felipe González (Seat, Enasa/Pegaso, etc.) menoscabaron la potencia y autonomía industrial española. Posteriormente, los gobiernos de José María Aznar (1997 – 2004), emprendieron nuevos procesos de privatización, algunos de ellos, iniciados por el Pte. González: (Repsol, Telefónica, Endesa, Tabacalera, Gas Natural, Argentaria…)
No es que la mayoría de los políticos en campaña no quieran hacer lo que prometen, es que llevarlo a cabo implica viabilidad estratégica (mayorías o consensos) y capacidad operativa (presupuestos). Proponer con mesura genera confianza, lo contrario la destruye.
Entre el realismo mágico y la lógica se encuentra la razón práctica, definida en la teoría: “Ética deontológica” del filósofo Immanuel Kant (1724-1804), como “capacidad de la razón para determinar la voluntad y obrar según principios morales”.
El siguiente pensamiento de la ética Kantiana debería ser la base conceptual de toda acción política: “Trata a las personas como un fin, nunca como un medio para un fin”
No se debe usar a las personas como medios para alcanzar un ideal. La mediatización destruye la libertad y esta es un fin en sí mismo.
En los procesos electorales, los candidatos tratan de convencer a los votantes de que ellos deben ser elegidos entre los llamados a gestionar los recursos públicos. Lo que nos piden, es que pongamos nuestras vidas en sus manos y lo hacemos. Generamos así una gran carga de responsabilidad política que recae sobre los hombros de los electos y sus conciencias.
A menudo, los candidatos, veteranos y noveles, confían en que frases preconcebidas y mensajes de campaña repetidos una y otra vez, son la fórmula para hacerse con el deseado voto ciudadano. Se nos ofrecen los esforzados representantes de la clase política como el famoso bálsamo de Fierabrás, mencionado por Cervantes en boca de su ingenioso hidalgo, como infalible remedio para cualquier enfermedad. Según la tradición narrada en “La historia del emperador Carlomagno y de los doce pares de Francia”, Fier-a-bras (persona fanfarrona y jactanciosa), era un gigante sarraceno que acarreaba dos barriles con bálsamo sustraídos en Jerusalén, procedentes del que había sido empleado en la sepultura de Jesucristo.
A la “clase política” se refirió el sociólogo, politólogo y senador italiano, Gaetano Mosca (1858 – 1941), cuando afirmó que “el concepto de élite parte de que el poder de la clase dominante se basa en su predominio sobre una mayoría desorganizada, pues este estado de desorganización deja a cada uno de sus integrantes en una situación de impotencia frente a la minoría organizada”.
Por su parte, el escritor uruguayo Mario Benedetti nos dejó algunos pensamientos aplicables a las promesas de campaña y a la mella que hacen cuando no se cumplen:
«Esas promesas vacías son las que más pesan, porque fueron hechas con la intención de ilusionar, no de cumplir».
«Duele que me digas que me quieres para todo, cuando tus acciones demuestran que no estás para nada».
El principal interés de los ciudadanos reside en que se resuelvan los problemas que afectan a su cotidianidad, las situaciones más próximas a su realidad, lo que les da estabilidad o se la quita. Las soluciones solo pueden llegar a través de propuestas serias, respaldadas con recursos materiales que sustenten su viabilidad.
Como todos sabemos, “el infierno está empedrado de buenas intenciones”. Los buenos propósitos no son suficientes para gobernar, salvo que las verdaderas intenciones sean someter a los ciudadanos a un poder fáctico. En ese caso suelen usarse profusamente y sin que medie situación de urgencia, los decretos leyes, marginando así la voluntad popular expresada a través de sus representantes en las Cortes Generales. Esta forma de proceder es propia de las autocracias, formas de gobierno donde el poder se concentra en una sola persona, el autócrata. Junto a estos vanidosos príncipes de la partidocracia, siempre hay un reducido grupo de elegidos de los que suele prescindir cuando ya no los necesita. La clave por la que las autocracias suelen perpetuarse en el tiempo es que las decisiones de gobierno no están sujetas a control, menoscabando así la soberanía popular. A todo ello se suma la parasitación de los tres ámbitos de poder esenciales en las democracias: legislativo, ejecutivo y judicial, eliminando así la separación de poderes, imprescindible para fragmentar la autoridad del Estado.
En cuanto a la comunicación de campaña, el típico y sonrojante grito mitinero no resuelve nada, más allá de producir efervescencia emocional entre los afiliados al partido político de los candidatos. Tan solo es el apasionado gancho que genera conexión y predispone a escuchar ofertas programáticas desde la emoción, anulando la razón. Los políticos en campaña, enaltecidos por el fragor de la batalla dialéctica y el cruce de datos estadísticos, más o menos fiables, muestran el camino a seguir para investir su liderazgo con el trono deseado.
“El típico y sonrojante grito mitinero no resuelve nada, más allá de producir efervescencia emocional entre los afiliados al partido político de los candidatos”.
Algunos de los guionistas que elaboran libretos para las funciones electorales, más parecen aspirantes a dramaturgos que profesionales de la comunicación. El interés del político profesional, oficio contra natura, consiste en ser elegido, permanecer al mando y ejecutar su proyecto. Por el contrario, el ciudadano cabal aspira a obtener buenos gestores de recursos públicos, sin alharacas, con serenidad, honestidad y trasparencia. Otros ciudadanos, los más elementales, escogen ideologías en vez de ideas, demagogia, halagos y falsas promesas, humo conceptual y verborrea, en vez de realismo. Inhalar humo tiene consecuencias. La mayoría de las víctimas en los incendios no mueren por las llamas, sino por inhalación de humo y gases tóxicos. Los desastrosos efectos de un populista hacen mella social, incluso antes de que comiencen a ejercer sus labores de gobierno.
“El ciudadano cabal aspira a obtener buenos gestores de recursos públicos, sin alharacas, con serenidad, honestidad y trasparencia”.
Cuando se trata de concebir y estructurar la comunicación de un candidato, hay que recordar la máxima del escritor y diplomático francés, François de La Rochefoucauld (1613 – 1680):
“El interés que ciega a unos, ilumina a otros”.
De La Rochefoucauld se refiere a que la ambición ciega a las personas hasta hacerles ignorar hechos relevantes, incluso, su propia moral, centrándose en el objetivo que pretenden alcanzar sin prever consecuencias. El interés del candidato por alcanzar la meta suscita el ingenio de los oponentes, haciéndoles ver oportunidades ocultas que explotan para su beneficio. La avaricia y ansias de poder de unos ayudan a otros a encontrar su camino hacia el éxito. En cualquier caso, ante la rivalidad, independientemente de su naturaleza, apliquemos los principios esenciales del estoicismo: sabiduría, justicia, coraje y templanza.
Los políticos y sus responsables de campaña deben recordar que no se puede pretender gustar a todos los electores. Lo importante no es gustar, es ser auténticos y mostrar sin ambages la personalidad e intencionalidad del político en liza, antes, durante y después del proceso electoral.
“Ante la rivalidad, independientemente de su naturaleza, apliquemos los principios esenciales del estoicismo: sabiduría, justicia, coraje y templanza”.
Cuando escuchamos decir a algunos líderes políticos ¡gobernaré para todos! tras alcanzar el poder, sabemos que lo harán para aquellos de quienes son deudos, para los suyos, los de su linaje ideológico, aquellos que les han situado en el poder. Si los ciudadanos han votado una candidatura concreta por sus ideas y proyectos, con mayor motivo si lo han hecho cegados por la ideología, esperan que su candidato, una vez electo, gobierne para ellos, no para quienes piensan lo contrario y han tratado de impedir su victoria. En esta realidad se basa la parte menos justa de la democracia, un sistema tan imperfecto que admite por igual la candidatura y posible gobierno de quienes pretenden construir y engrandecer su pais, región o localidad, como la de quienes sueñan con destruirlo, fragmentar su identidad y reducirlo a cenizas. Ya nos advierte el neurólogo Sigmund Freud (1856 – 1939), padre del psicoanálisis, de que “todo sueño es el cumplimiento de un deseo inconsciente”.
Hay políticos que desean destruir el sistema actual para hacerlo resurgir de sus cenizas bajo su mando ¡Insensatos ególatras! Cuando gobierna la ira y el revanchismo, se retuercen los derechos de los ciudadanos hasta quebrar sus más elementales derechos. En vez de abogar por el reformismo para mejorar el sistema con cambios estructurales graduales, apuestan por la radicalidad y la revolución. Ya sabemos cómo terminan estos “salvadores de la patria”, quedándose con todo lo que pueden y empobreciendo a los incautos ciudadanos que confiaron en ellos.
En las democracias sustentadas en el sistema de partidos, el más votado o varios en coalición, imponen sus principios de gobernabilidad, sus prioridades y modelos de gestión. El resto de las fuerzas políticas y sus votantes están abocados a la resignación mientras dure la legislatura. Esta condición no debe impedir ejercer una oposición firme y contundente, en caso de que los electos actúen contra los más elementales principios de buena gobernanza. Lamentablemente, es frecuente que los administradores agredan a sus administrados, es decir, a quienes les han otorgado potestad prominente de gobernabilidad. Esa situación es intolerable y hay que corregirles usando todos los instrumentos legales necesarios, por supuesto, también el castigo en las urnas hasta privarles del poder que no han sabido merecer.
El poder, “facultad, capacidad o dominio para ejecutar algo”, es corrosivo y hay que tener sólidos principios éticos para no sucumbir a los cantos de sirena, seres híbridos citados en la Odisea de Homero que, con sus hipnóticas voces, atraían a los marineros hacia los arrecifes provocando su naufragio.
“El poder es corrosivo y hay que tener sólidos principios éticos para no sucumbir a los cantos de sirena”.
Abraham Lincoln se refería así a los retos del poder y sus efectos sobre la condición humana:
«Casi todos podemos soportar la adversidad, pero si queréis probar el carácter de un hombre, dadle poder”.
Aunque esto varía en función del ámbito territorial y administrativo de los comicios (local, regional o nacional), los ciudadanos no apuestan tanto por los candidatos, como por el partido al que representan, aquel con el que los votantes se sienten identificados. Ya sea por afiliación o simpatía, por nuestras ideas, por tradición o a falta de una mejor opción, también influye el interés personal, profesional, empresarial o institucional. Como es lógico, buscamos la utilidad de nuestra elección, distinto de lo que en política se denomina “voto útil”, comodín usado como estrategia política y mediática para que el voto no se disperse y se concentre en partidos mayoritarios. En el sistema de partidos, el interés racional y el emocional se confunden en los períodos electorales provocando ofuscación, tan útil para favorecer la manipulación.
Se supone que los partidos políticos ordenan y estructuran la voluntad popular. Habría que preguntarse si quiere el pueblo ser estructurado, incluso, gobernado o subyace un deseo libertario, que no anárquico, en quienes rechazan el sistema de partidos, aunque se sometan a él, como un mal menor.
“En el sistema de partidos, el interés racional y el emocional se confunden en los períodos electorales provocando ofuscación, tan útil para favorecer la manipulación”.
El libertarismo, basado en la libertad individual y la propiedad privada es, a menudo, confundido con el anarquismo que implica la abolición del Estado y de toda forma de autoridad o jerarquía coercitiva. Los principios de la anarquía incluyen la libertad individual y colectiva, la autogestión, la igualdad social y económica, la solidaridad y el rechazo a la propiedad privada concentrada, es decir, el anticapitalismo ¿Acaso quieren la anarquía los ciudadanos que no ejercen su derecho al voto? ¿Pretenden un sistema abiertamente autoritario? ¿Buscan un sistema netamente tecnocrático? En cuanto a los partidos políticos antisistema ¿desean la anarquía o tan solo quieren eliminar a quienes ostentan el poder para ocuparlo ellos y beneficiarse de él? Hay tanta demagogia e intereses personales en la política, como miserables deseando acceder al poder para beneficio propio y de sus allegados (nepotismo). Que nadie se engañe, el poder se pretende para alcanzarlo y ejercerlo; dependiendo de quién lo ostente, seremos ciudadanos libres con gobiernos que respetan la voluntad popular o esclavos al servicio de regímenes autoritarios. Por más que algunos simulen ser libertarios no son sino lobos con piel de cordero, investidos de poder por masas de cándidos votantes desinformados o interesados.
“Hay tanta demagogia e intereses personales en la política, como miserables deseando acceder al poder para beneficio propio y de sus allegados (nepotismo)”.
Frente a la letal presencia de regímenes abiertamente totalitarios, simuladamente democráticos, está resurgiendo el liberalismo clásico de John Locke (1632-1704) en el que se defiende que el gobierno debe proteger los derechos naturales inalienables: vida, libertad y propiedad. Este eminente filósofo y médico, uno de los más influyentes pensadores del empirismo inglés, promulgaba la soberanía popular, la separación de poderes, la tolerancia religiosa y la legitimidad de la rebelión contra gobiernos tiránicos. Fue John Locke quien desarrolló la teoría de que “todo ser humano tiene ciertos derechos que se derivan de su propia naturaleza y no del gobierno o de las leyes”, afirmando que la legitimidad del gobierno se basa en el respeto a estos derechos naturales.
Votamos a los nuestros, es decir, a los que dicen que harán lo que nosotros haríamos si tuviéramos la responsabilidad de gestionar los recursos públicos.
También están los ciudadanos que no votan porque no se sienten representados por los candidatos en liza y sus fórmulas programáticas. En Derecho constitucional, la abstención es “la renuncia a participar en el voto dentro de un procedimiento democrático, sin emitir criterio afirmativo o negativo, lo que supone una postura de no hacer”.
Según el INE y considerando datos de diciembre de 2025, en España se abstienen de votar entre el 25% y el 30% de los ciudadanos, dependiendo del tipo de elecciones (a Cortes Generales, elecciones locales, a las Asambleas Legislativas de las Comunidades Autónomas o al Parlamento Europeo). Esto quiere decir que, de los 38 millones de españoles inscritos en el censo electoral, contando residentes en España y en el extranjero, entre 9 y 12 millones de personas con derecho a voto prefieren no ejercer su derecho. Es como si no votasen el 100% de los ciudadanos en países con poblaciones inferiores a 10 millones de habitantes, como: Mónaco, Andorra, Malta, Islandia, Luxemburgo, Estonia, Croacia, R. Dominica, Bahamas, Panamá, Costa Rica o Uruguay.
Las personas que no votan, no se sienten representadas y se sitúan fuera del sistema de partidos. Hay quien justifica su abstinencia electoral por el hecho de que le gustaría disfrutar una monarquía constitucional donde el rey compartiera soberanía con el parlamento, teniendo control sobre el poder ejecutivo, algo impensable en la España regida por la Constitución de 1978. También están los ciudadanos que no votan por desidia y falta de conciencia social; los que renuncian a su derecho por no sentirse representados por la monarquía parlamentaria, prefiriendo un régimen republicano o los que reniegan del sistema de partidos. En cualquier caso, quienes renuncian a su derecho a escoger, también renuncian a poder exigir responsabilidades a los dirigentes que, les guste o no, gobiernan sus vidas. No votar es una opción legítima desde el punto de vista constitucional, pero, que cada palo aguante su vela. De todas formas, que más de un 25% del electorado en España no ejerza su derecho al voto, es digno de análisis. Tampoco hay que olvidar a quienes votan en blanco, personas conformes con el sistema electoral que no se sienten representadas por ninguna de las opciones políticas vigentes.
Nos guste o no, los políticos gestionan los recursos públicos, el dinero de nuestros impuestos, algunos lo malversan y otros lo emplean lo mejor que saben y pueden con su mejor voluntad. En cualquier caso, han sido elegidos por los ciudadanos a través de las urnas, al margen de que se cuestione si se ha producido fraude electoral o no. Esta es una sospecha que crece o decrece en función de la honestidad o deshonestidad de los gobernantes en funciones. Es un hecho incontestable que el fraude electoral, mejor o peor maquillado, es la herramienta preferida de los autócratas para perpetuarse en el poder. Estos personajes, magos de la manipulación, embaucadores profesionales, constituyen el mayor peligro de los sistemas democráticos. Su condición parasitaria los convierte en peligrosos succionadores de los derechos y libertades, por supuesto y de manera especial, de los recursos económicos. Podríamos denominarlos “políticos garrapata”, una especie de ácaros hematófagos especializados en alimentarse de los recursos públicos, debilitando hasta la anemia social y económica a sus huéspedes. También es verdad que se ocupan de mantenerlos con vida.
“Los políticos gestionan los recursos públicos, el dinero de nuestros impuestos, algunos lo malversan y otros lo emplean lo mejor que saben y pueden con su mejor voluntad”.
Sin duda, las democracias no son perfectas, están plagadas de latrocinio y nepotismo. La corrupción, a mayor o menor escala, infecta la gestión pública, sin embargo, la democracia es el sistema menos agresivo que tenemos para gobernar voluntades políticas, modelos sociales y recursos públicos. La política es imprescindible para organizar la convivencia. Dentro de ese ecosistema hay políticos y gestores públicos honrados que dan lo mejor de sí mismos para responder a las expectativas de sus conciudadanos. Decir que todos los políticos son corruptos es una barbaridad propia de mentes inmaduras. La vocación de servicio debería ser el único motivo por el que una persona aspire a ostentar un cargo de gobierno ¡Ojo, de servicio, no de autoservicio!
Todo ello es contrario al concepto de político profesional que, inevitablemente, deriva en político confesional entregado a las creencias del colectivo al que representa. La dedicación a la política tiene que ver con el servicio público que, fuera de la función pública (funcionariado), si es sincero, es vocacional y temporal, nunca lucrativo y permanente. La alternancia en el poder, obtenida legítimamente, es salud democrática.
“Decir que todos los políticos son corruptos es una barbaridad propia de mentes inmaduras”.
Pasado un tiempo ejerciendo el poder, más de un político ha confesado que una cosa es lo que creen poder hacer antes de alcanzar posiciones de gobierno y otra muy distinta lo que realmente es posible; incluso llegan a decir entre bastidores y con la boca pequeña, «lo que nos han dejado quienes mandan de verdad”. Es evidente que hay múltiples fuerzas sociales, económicas y políticas que se ocupan de transformar las utopías electoralistas en realidades ajenas a la intención programática. La distopía orwelliana que estamos viviendo en este trepidante y disruptivo siglo XXI, agrava aún más la distancia entre las quimeras electoralistas y la viabilidad legislativa y ejecutiva. Por ello, se tiende a valorar el pragmatismo positivista, donde se combina la utilidad del realismo con el enfoque empírico del positivismo.
“Hay múltiples fuerzas sociales, económicas y políticas que se ocupan de transformar las utopías electoralistas en realidades ajenas a la intención programática”.
Hay fuerzas y condicionantes nacionales y supranacionales que delimitan las fronteras entre lo deseable y lo posible. Cuando no se puede cumplir lo prometido vienen las decepciones, pero ¿Qué necesidad hay de prometer lo que se sabe que es inviable? Para obtener un buen resultado electoral debería ser suficiente actuar con nobleza y sinceridad ante los ciudadanos. Decirles las cosas como son, no tratar a las personas adultas como a niños a quienes se engaña con globos de colores y fuegos de artificio. El hecho de que el espíritu crítico haya sido sustituido por el servilismo ideológico, no debería ser excusa para el aprovechamiento ejercido desde las plataformas políticas.
Cuando los ciudadanos pedimos más de lo posible, necesitamos que se nos muestren los límites de la realidad, sin ambigüedad, con la contundencia de los datos y el respeto que merecemos. Sobre todo, necesitamos ser gobernados por buenas personas con ideales y capacidad de gestión, no con ideologías y mero afán partidista o lucrativo. Estas personas existen y las hay en todos los partidos políticos que concurren a los procesos electorales.
“Cuando los ciudadanos pedimos más de lo posible, necesitamos que se nos muestren los límites de la realidad, sin ambigüedad, con la contundencia de los datos y el respeto que merecemos”.
Antes o después tendremos que aprender a separar el trigo de la paja, lo esencial de lo accesorio. Como siempre, las tradiciones y, en este caso, los antiguos usos y costumbres agrícolas, nos dan una pista sobre cómo actuar. Aventar el trigo consiste en lanzar al aire la mezcla de grano y paja trillada. Gracias al viento, la paja más ligera es arrastrada, mientras que el grano, al ser más pesado, se deposita sobre la era. Así se separa el cereal de las impurezas. Nada como una metáfora para aclarar las ideas y ayudar a definir conceptos.
Corporate strategy expert. Senior corporate communications advisor
CEO Veratya Estrategias Corporativas
Director académico y profesor:
Profesor: Comunicación corporativa y Branding
Certera incursión en la praxis política, no exenta en su análisis de buenas dosis de pesimismo antropológico. Es claramente una mirada reflexiva madura, con un punto de luz en su cierre. Enhorabuena a don Tomás.
Muchas gracias por sus valoraciones, Antonio, tan acertadas como en ocasiones anteriores. Es cierto que se sustancia cierto pesimismo en mi relato, es inevitable, no obstante, lo último que se pierde es la esperanza. El pueblo español ha sabido reaccionar contra sus enemigos, internos y externos, siempre que ha sido necesario, aunque la historia nos dice que casi siempre, la reacción ha sido tardía.